Puede doler. Es más: es lógico que duela. Atlético había conseguido igualar un partido que parecía cuesta arriba por todos lados: por la diferencia de jerarquía, la inferioridad numérica, el marcador y hasta un arbitraje que dejó más de una discusión. Ya había hecho lo más difícil: alcanzar el empate. Pero River todavía tenía una carta más y, en tiempo agregado, Thiago Almada encontró el 2 a 1 definitivo.

El banco de suplentes visitante cruzó la cancha para abrazar al autor del gol y la tribuna destinada a los hinchas de Núñez explotó como si se tratara de una definición. Semejante festejo tenía una explicación: con mucho menos a disposición, Atlético había logrado hacer tambalear al “Millonario”. Con uno menos durante casi todo el partido, obligado a resistir y con el desarrollo completamente en contra, el equipo de Falcioni llegó con vida hasta el final. A puro carácter.

La expulsión de Franco Nicola a los 13 minutos condicionó todo. El uruguayo llegó tarde sobre Lucas Martínez Quarta y, en una primera impresión, la tarjeta roja parecía indiscutible. Sin embargo, la repetición dejó una sensación diferente: la caída resultó más aparatosa que el contacto. No hubo plancha, sino un golpe con el muslo sobre la espalda del defensor. Andrés Gariano sostuvo su decisión y no fue convocado para revisar la jugada.

A partir de allí, el desarrollo cambió por completo. Si ya se esperaba que Atlético tuviera que correr detrás de la pelota por la jerarquía del rival, la inferioridad numérica lo obligó directamente a replegarse cerca de su área, conservar el orden y esperar alguna oportunidad aislada para salir.

La resistencia duró poco. Diez minutos después de la expulsión, Tobías Andrada puso el 1 a 0 y convirtió su primer gol con la camiseta de River. El escenario parecía anunciar lo peor. En desventaja, daba la sensación de que el plan defensivo había perdido sentido y de que el partido podía romperse definitivamente.

Pero no ocurrió. Atlético siguió cerca de su arco, como imponían las circunstancias, aunque logró reducir al mínimo las situaciones claras del rival. Los minutos pasaban y el arco de enfrente parecía cada vez más lejano, pero el “Decano” seguía vivo.

En el entretiempo, Julio César Falcioni movió el banco con una decisión poco habitual. Sacó a Leandro Díaz y a Renzo Tesuri y mandó a la cancha a Ramiro Ruiz Rodríguez y Julián Fernández. El objetivo era claro: reforzar la resistencia y apostar a que la velocidad de “RRR” pudiera ofrecer alguna salida de contraataque. El “Emperador” lo sabía: alguna oportunidad iba a quedar.

Y quedó. Primero fue Alexis Canelo, que avanzó por la izquierda y sacó un remate que pegó en el palo. Poco después llegó otra de las jugadas que encendieron el malestar local: Arambarri barrió con dureza desde atrás al tucumano y la acción terminó apenas con una amonestación. Gariano tampoco fue convocado por el VAR para revisar esa decisión. Falcioni protestó, recibió la segunda tarjeta amarilla y terminó expulsado.

Para entonces, el clima con el arbitraje ya estaba completamente cargado. Tal vez por eso, el cabezazo de Clever Ferreira se gritó como un desahogo. Porque no fue solamente el 1 a 1. Fue el premio para un equipo que había corrido durante casi todo el partido con uno menos, que sostuvo el orden cuando el desarrollo invitaba al derrumbe y que nunca dejó de creer que una pelota podía devolverlo al encuentro. El empate parecía una enorme recompensa al esfuerzo.

Pero duró poco. A los 91 minutos, Thiago Almada, una de las grandes figuras de la tarde, encontró el 2 a 1 y cambió por completo el desenlace. River hizo valer su jerarquía justo cuando Atlético comenzaba a acariciar un punto que, por cómo se había desarrollado el partido, tenía un valor enorme. Y por eso dolió tanto.

Atlético estuvo a pocos minutos de rescatar un empate valiosísimo frente a River. No lo consiguió y la derrota seguramente dejará bronca, todavía más por el contexto en el que se produjo. Pero también dejó una certeza difícil de ignorar: este equipo tiene carácter. Respondió cuando quedó con uno menos, cuando recibió el 1 a 0, cuando perdió a su entrenador y cuando el cansancio comenzaba a pesar.

No alcanzó para sumar, pero sí para confirmar algo que empieza a repetirse: a este Atlético no resulta sencillo sacarlo del partido.